viernes, 20 de noviembre de 2015

El sastre de Gloucester de Beatrix Potter

Dedicatoria: Mi querida Fedra, debido a que eres aficionada a los cuentos de hadas y has estado enferma, escribí una historia para ti, que nadie ha leído antes. Y lo más extraño de todo esto es que lo escuché en Glucestershire y es verdad, al menos en lo del sastre, el chaleco y  el "No más hilo!".
Navidad, 1901
 En los tiempos de espadas, pelucas y abrigos llenos de bordados con solapas de flores, cuando los caballeros llevaban volantes y chalecos con encaje dorado de seda de Padua, había un sastre que vivía en Gloucester.
Se sentaba al lado de la ventana de su pequeño taller en Westgate Street, encima de la mesa con las piernas cruzadas, desde la mañana a la noche.
Durante todo el día, mientras duraba la luz, cortaba y cosía el raso, el brocado y la lustrina; telas con nombres extraños y muy caras para su época.

Pero pese a coser sedas finas para sus vecinos, era muy pobre: un viejecito con gafas,  de rostro cansado, viejos dedos deformes y traje raído.

Cortaba los abrigos sin desperdiciar nada, siguiendo el estampado de la tela, quedando encima de la mesa pequeños retales y recortes diminutos.

-Demasiado estrecho, retales minúsculos para tapar el cuello, decía el sastre.

Un gélido día, cuando faltaban muy pocos días para la Navidad, el sastre comenzó a hacer una chaqueta de pana de seda de color cereza, bordada con pensamientos y rosas, y un chaleco de satén color melocotón y cordoncillo de estambre verde, para el alcalde de Gloucester.

El sastre trabajaba y trabajaba, hablando solo sin parar. Medía la seda y le daba vueltas y vueltas, mientras cortaba el patrón con sus tijeras. La mesa se llenaba de pequeños retales color cereza.

- No me da el ancho, ni aunque la corte al bies. No hay amplitud! ¡Echarpes para ratones y cintas para el populacho!- decía el sastre de Gloucester.

Cuando los copos de nieve comenzaron a golpear los pequeños cristales emplomados de las ventanas y se hizo de noche, el sastre dio por terminada su jornada de trabajo. Encima de la mesa quedaron los trozos de seda y rasos.



Había doce trozos para la chaqueta y cuatro para el chaleco. También estaban los bolsillos, los puños y los botones, todo bien colocado. Para el forro de la chaqueta había un delicado tafetán de color amarillo, y para los ojales del chaleco, había hilo de color cereza. Y todo estaba listo para ser cosido a la mañana siguiente. Todo medido y suficiente, solamente faltaba una madeja de seda  trenzado de color cereza.

El sastre salió de su taller en la oscuridad, pues no dormía allí por las noches. Cerró la ventana y la puerta, y se llevó la llave. Por la noche solamente solían estar allí los pequeños ratones de color marrón, ¡y ellos no necesitaban la llave para entrar y salir!

Detrás del revestimiento de  los paneles de madera de todas las casas antiguas en Gloucester hay  pequeñas escaleras y trampillas secretas para los ratones, y los roedores solían ir de casa en casa a través de los largos y estrechos pasadizos. Podían recorrer toda la ciudad sin tener que salir a la calle.



Pero el sastre salió de su taller y se marchó a su casa arrastrando los pies por la nieve. Vivía muy cerca de College Court, cerca de la puerta de College Green; y aunque no era una casa grande, el sastre era tan pobre que sólo tenía alquilada la cocina.

Vivía solo con su gato, de nombre Simpkin.
Simpkin
Durante todo el día, mientras que el sastre estaba en el taller, Simpkin cuidaba de la casa; y él también era muy aficionado a los ratones, aunque no les daba  satén para que se hiciesen abrigos.

- Miau?- dijo el gato cuando el sastre abrió la puerta. -¿Miau?.

-Simpkin, vamos a ser ricos -contestó el sastre-. Toma esta moneda, que son los últimos cuatro peniques que nos quedan y coge una jarra de loza. Compra un penique de pan, un penique de leche y un penique de salchichas. Simpkin, con el último penique cómprame un penique de hilo de seda de color cereza. Pero no pierdas el último de los cuatro peniques, Simpkin, o estaré perdido porque ya no tengo más hilo.

 -Miau- dijo de nuevo Simpkin, y cogiendo la moneda y la jarra salió a la oscuridad de la noche.

El sastre estaba muy cansado y no se encontraba bien. Se sentó frente al fuego y comenzó a hablar solo acerca de la maravillosa chaqueta.

-Me haré rico... Cortaré al bies... El alcalde de Gloucester se casa la mañana del día de Navidad y me ha encargado una chaqueta y un chaleco bordado... forrado de tafetán amarillo... tafetán tenemos suficiente. Los retales que quedan solo sirven para hacer echarpes para ratones.

 El sastre se calló de repente al oír unos pequeños ruidos desde la cómoda, procedentes del aparador que estaba al otro extremo de la cocina.

-¡Tip tap, tap tip, tip tip tap!-

-¿ Ahora, qué puede ser?- dijo el sastre de Gloucester, saltando de la silla. El aparador estaba lleno de loza, platos, tazas de té y jarras.
El sastre cruzó la cocina, y se quedó inmóvil junto al aparador, escuchando y mirando a través de sus anteojos. Otra vez de debajo de una taza de té salían esos pequeños ruidos raros..

-¡Tip tap, tap tip, tip tap Tip!-

-Esto es muy peculiar, dijo el sastre de Gloucester, y levantó la taza de té, que estaba boca abajo.

De allí salió una ratoncita que le hizo ¡una reverencia! Entones el ratón bajó de un salto del aparador y desapareció por  el entramado de madera.

El sastre se sentó de nuevo junto al fuego, y murmuró para sí mientras se calentaba las manos. 

-El chaleco está cortado en el raso de color melocotón, con sus capullos de rosa bordados con hermoso hilo de seda. ¿Habré sido prudente confiando mis últimos cuatro peniques a Simpkin? ¡Veintiún ojales de hilo de color cereza!

Pero de repente, desde el aparador, llegaron más ruidos:

-¡Tip tap, tap tip, tip tip tap!-

-¡Esto que está pasando es muy extraño!- dijo el sastre de Gloucester, y levantó otra taza de té que estaba boca abajo.


De allí salió un pequeño ratón vestido de caballero que saludó al sastre con una reverencia.

Y entonces comenzó a oírse por todo el aparador un coro de pequeños golpecitos, todos sonando a la vez, haciéndose eco, como carcomas en una vieja ventana corroída.

-¡Tip tap, tap tip, tip tip tap!-

Y de debajo de las tazas de té y de debajo de los cuencos y de los tazones salieron más y más  pequeños ratones que bajaban de un salto del aparador y se escondían tras el zócalo de madera.

El sastre se acercó más al fuego y continuó lamentándose: 

-¡Veintiún ojales de hilo de seda de color cereza! Debo tenerlos terminados  antes del mediodía del sábado, y hoy ya es martes por la noche. ¿He hecho bien en dejar escapar a esos ratones, que sin duda pertenecían a Simpkin? ¡Ay! Estoy perdido, no me queda más hilo!

Los pequeños ratones volvieron a salir y escucharon al sastre. Se enteraron de cuál era el patrón de aquella maravillosa chaqueta. Susurraron entre ellos sobre el forro de tafetán y sobre los echarpes para ratones.

De pronto todos empezaron a correr juntos desapareciendo en el pasadizo que se encontraba detrás del zócalo, chillando y llamándose unos a otros, mientras corrían de casa en casa. Cuando Simpkin volvió con la jarra de leche  ya no quedaba ni un ratón en la cocina del sastre.


 Simpkin abrió la puerta y entró de un salto, maullando furioso como un gato enojado: porque odiaba la nieve,  tenía nieve en las orejas y en el cuello. Dejó el pan y las salchichas en el aparador y olisqueó.

-Simpkin-, dijo el sastre, -¿dónde está mi hilo?-

Pero Simpkin dejó la jarra de leche en el aparador y miró receloso las tazas de té. ¡Quería para su cena un ratón gordo! 

-Simpkin-, dijo el sastre, -¿dónde está mi HILO?


Pero Simpkin escondió un pequeño paquete en la tetera y escupió y gruñó al sastre. Si Simpkin hubiera podido hablar, habría preguntado: -¿Dónde está mi RATÓN?  
¡Ay, estoy perdido!- dijo el sastre de Gloucester, y se fue a la cama con gran tristeza.
 Durante toda la larga noche Simpkin buscó y rebuscó por toda la cocina, abriendo los armarios y mirando bajo el revestimiento de madera y en la tetera dónde había escondido el hilo, pero no encontró ningún ratón. 
Cada vez que el sastre hablaba en  sueños, Simpkin decía:-¡Miau -marramiau-ssch! Y hacía unos ruidos extraños y horribles, como hacen los gatos por la noche. 
El pobre sastre que estaba muy enfermo y tenía fiebre, no dejaba de dar vueltas en su cama con dosel. Y en sueños seguía murmurando: -¡No me queda hilo, no me queda hilo!- 

Estuvo enfermo todo ese día y el día siguiente, y el siguiente. ¿Y qué sucedió con la chaqueta color cereza?   

En el taller del sastre en Westgate Street, la seda y el satén bordado esperaban  cortadas sobre la mesa, con veintiún ojales, pero ¿quién los iba a coser si la ventana y la puerta estaban cerradas con llave?



Esto no era ningún obstáculo para los pequeños ratones de color marrón, que entraban y salían sin llaves por todas las casas antiguas en Gloucester.



En las calles,  la gente iba al mercado caminando por la nieve para comprar sus gansos y pavos y se apresuraban para hornear sus pasteles de Navidad. Pero no habría cena de Navidad para Simpkin y el pobre sastre de Gloucester.

El sastre estuvo enfermo durante tres días y tres noches. Y llegó la víspera de Navidad. Era muy tarde y la luna se subió por los tejados y las chimeneas, mirando desde lo alto  la entrada de la plaza de la Universidad. No había luces en las ventanas ni ruido en las casas. Toda la ciudad de Gloucester estaba profundamente dormida bajo la nieve.

Simpkin seguía buscando sus ratones y maullaba mientras permanecía junto a la cama.



 Pero hay una historia muy antigua que dice que todos los animales pueden hablar entre la  Nochebuena y el día de Navidad por la mañana. (Aunque hay muy poca gente que puede escucharlos o entiende lo que dicen).

Cuando en el reloj de la catedral dio las doce sonó como un eco, respondiendo las campanas. Simpkin lo oyó, y salió de casa del sastre y caminó errante por la nieve.
 De todos los tejados, aleros y de las viejas casas de madera en Gloucester salieron un millar de alegres voces cantando alegres y antiguos villancicos. Canciones de toda la vida y alguna que no conocemos, como  la que habla de las campanas de Whittington.

Los primeros en cantar bien fuerte fueron los gallos:- ¡Arriba, señora, levántate a hornear tus pasteles!-

-¡Oh, vaya, qué bueno!- suspiró Simpkin.

En una buhardilla se veían luces y se escuchaba música de baile, y los gatos se iban acercando.

- ¡Eh, el gato y el violín! Todos los gatos de Gloucester, excepto yo...!, dijo Simpkin.

Bajo los aleros de madera, los estorninos y los gorriones cantaban canciones que hablaban de los pasteles de Navidad. Las grajillas se despertaron en la torre de la catedral, y aunque aun era de noche, rompieron a cantar los zorzales y los petirrojos. Llenaban el aire con alegres melodías.

¡Todo aquello era demasiado para el pobre y hambriento Simpkin! 

Estaba especialmente molesto con algunas vocecitas chillonas que salían de detrás del entramado de madera. Creo que eran murciélagos, porque sus voces son muy agudas, sobre todo cuando cae una gran helada y hablan en su sueño, como el sastre de Gloucester.

Su misteriosa canción decía algo así:

Buz, habla la mosca azul,  
hum, dice la abeja,
Buz y zumbido lloran
y nosotros también!

Simpkin se marchó sacudiéndose las orejas como si tuviera una abeja dentro su sombrero.

Desde el taller del sastre en la calle Westgate salía una luz, y cuando Simpkin se subió a la ventana para mirar, vio que estaba lleno de velas. Había un vaivén de tijeras, y un trasiego de hilos, y ratones que cantaban alegres canciones:

“Venticuatro sastrecillos
fueron de caza
a coger un caracol.
El mejor hombre de todos ellos
ni a tocarlo se atrevió.
Como una pequeña vaca
 tras ellos se lanzó.
¡Corre, corre, sastrecillo
que te coge el caracol!”

Y sin hacer la menor pausa, continuaron cantando:
“¡Muele la avena, mi señora, 
por el colador pásala ahora,
coloca una castaña...
¡y déjala reposar una hora!”

 -¡Miau! ¡Miau!- interrumpió Simpkin mientras arañaba la puerta. 

Pero la llave estaba debajo de la almohada del sastre y no podía entrar.

Los ratones se rieron, y entonaron otra melodía:

“Tres  pequeños ratones se pusieron a girar,
pasó una gatita y los miró.
¿Qué hacéis, señores?
Una chaqueta para caballeros
¿Debo entrar y cortar los hilos? 
Oh, no, señorita gatita, nos morderás”.

-¡Miau! ¡Miau!- gritó Simpkin. -¿Eh, tiriti tirititá?- respondieron los ratones.

“Eh, bella mascota!
Los mercaderes de Londres 
van de escarlata;
Seda en el cuello,
y el oro en el dobladillo.
Así de  contentos los mercaderes marchan!.”


Loa ratones golpean con sus dedales para marcar el compás, pero a Simpkin no le gusta ninguna de las canciones. Olfateó y maulló en la puerta de la tienda.

“Y después me compré
un pipkin y un popkin
un slipkin y un slopkin
todos por un comino
-... y encima del aparador de la cocina “-
añadieron  los ratones maleducados.

-¡Miau! ¡rasguño! ¡rasguño!- bufó Simpkin en el alféizar de la ventana, mientras los ratones en el interior se ponían de pie de un salto y comenzaban a gritar todos a la vez con sus voces cantarinas: 

-¡No queda hilo! !No queda hilo!-“ Y cerraron la ventana dejando fuera a Simpkin.

Pero a través de las rendijas de las persianas podía oír el ruido de los dedales y las voces de los ratones cantando.

-¡No queda hilo! ¡No queda hilo!-

Simpkin salió de la tienda y se fue a casa pensativo. Encontró al pobre sastre sin fiebre, durmiendo pacíficamente. 
 Fue de puntillas y sacó el paquete de hilo de seda de la tetera, y lo miró pensativo a la luz de la luna. Se sentía muy avergonzado de su maldad en comparación con aquellos ratones tan buenos.

Cuando el sastre se despertó por la mañana, lo primero que vio sobre su vieja colcha hecha de retazos fue una madeja de hilo trenzado de seda de color cereza y al lado de su cama al arrepentido Simpkin.

-¡Ay, de mí!- dijo el sastre de Gloucester, -estoy agotado pero tengo mi hilo!
 El sol brillaba sobre la nieve cuando el sastre se levantó, se vistió y salió a la calle con Simpkin corriendo delante de él.

Los estorninos silbaban en las chimeneas y los zorzales y los petirrojos cantaban, pero solo emitían sus sonidos habituales, no las palabras que habían cantado durante toda la noche.

-¡Ay, !-dijo el sastre. -Tengo el hilo, pero no las fuerzas ni el tiempo, solamente me llega para hacer un ojal! Hoy es el día de Navidad por la mañana. El alcalde de Gloucester se casa al mediodía ¿y dónde está su chaqueta de color cereza? 

Abrió la puerta de su taller en Westgate Street y Simpkin entró corriendo, como un gato que espera algo.
¡Pero no había nadie! ¡Ni un solo pequeño ratón marrón!

El suelo estaba barrido,  los hilos y los trozos de seda que no servían ya no estaban. No quedaba nada en el suelo.
 El sastre dio un grito de alegría. Sobre la mesa, donde él había dejado trozos de seda, estaban la chaqueta y el chaleco de raso bordado más hermosos que un alcalde de Gloucester hubiera vestido jamás.


La chaqueta tenía rosas y pensamientos y el chaleco estaba bordado con amapolas y flores de aciano.

Todo estaba terminado, excepto un ojal de color cereza, y donde faltaba este ojal había prendido un trozo de papel con estas palabras, escritas en letra muy pequeña:

NO QUEDA HILO


A partir de ese día cambió la suerte del sastre de Gloucester, que recobró la salud y se hizo muy rico.

Hizo los más bonitos chalecos para todos los comerciantes ricos de Gloucester y  para todos los elegantes caballeros que vivían en la comarca.

Nunca se han visto volantes, puños y vueltas de bordados como aquellos. Pero lo que más éxito tenía eran sus ojales.

Las puntadas de aquellos ojales eran tan, tan perfectas, que me pregunto cómo podían hacerlas un anciano con anteojos, dedos retorcidos y el dedal de un sastre.

Las puntadas de los ojales eran diminutas, tan diminutas como si las hubiese hecho un  pequeño ratón.

Fin

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Hora de dormir




 Inspirado en un tierno dibujo de Beatrix Potter (1866-1943), conocida por sus hermosos cuentos infantiles ilustrados, llega la hora de dormir para los pequeños ratones, pero no de cualquier manera, sino acostados en su cama de cartón, arropados cariñosamente y mecidos por los brazos de mamá. 





"El cuento de dos ratones malos" es un libro escrito e ilustrado por Beatrix Potter y publicado en 1904.
 El cuento en resumen es así:
 Los ratones Hunca Munca y su esposo Tom Thumb deciden asaltar la casa de  las muñecas Jane y Lucinda, aprovechando la ausencia de éstas. 
Se dirigen primero al comedor, chillando de alegría. Pero pronto se sienten decepcionados porque la comida que encuentran es de yeso y los botes pequeños de arroz,  café  y otras semillas, que están en la alacena, están llenos de cuentas rojas y azules que tampoco son comestibles.
Entonces, destrozan todo, sobre todo Tom Thumb. Rompen los platos y tiran la ropa de las muñecas por las ventanas. Otras cosas las trasladan a su ratonera, metidas a la fuerza en la estrecha abertura del zócalo.
 Hunca Munca se queda con la ropa de Lucinda y la cuna, que le servirá para dormir a sus pequeños...
Al final, los ratones avergonzados, reconociendo lo que habían hecho, en la víspera de Navidad ponen una moneda de seis peniques torcida en una de las medias de Lucinda y Jane, y Hunca Munca sale todas las mañanas, muy temprano, antes de que alguien se despierte, para barrer la casa de muñecas con la escoba y el recogedor para el polvo.