sábado, 26 de diciembre de 2015

Villancico



Lope de Vega (1562-1635)

Las pajas del pesebre,
niño de Belén,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Lloráis entre las pajas
de frío que tenéis,
hermoso niño mío,
y de calor también.

Dormid, cordero santo,
mi vida, no lloréis,
que si os escucha el lobo,
vendrá por vos, mi bien.

Dormid entre las pajas,
que aunque frías las veis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Las que para abrigaros
tan blandas hoy se ven
serán mañana espinas
en corona cruel.

Mas no quiero deciros,
aunque vos lo sabéis,
palabras de pesar
en días de placer.
Que aunque tan grandes deudas
en paja cobréis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Dejad el tierno llanto,
divino Emanuel,
que perlas entre pajas
se pierden sin por qué.

No piense vuestra madre
que ya Jerusalén
previene sus dolores,
y llore con José.

Que aunque pajas no sean
corona para Rey,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

 Luis de Góngora (1561-1627) dice que "hoy se le ha caído a la Aurora (la Virgen) del seno un clavel (el Niño), en otras palabras, que ha nacido el Niño Jesús, y por tanto, la alegría llega hasta la paja (el heno) del pesebre:

En el nacimiento del Salvador

Caído se le ha un clavel
hoy a la Aurora del seno.
¡Qué glorioso que está el heno,
porque ha caído sobre él!

Cuando el silencio tenía
todas las cosas del suelo
y coronada de hielo
reinaba la noche fría, 
en medio la monarquía
de tiniebla tan cruel, 
caído se le ha un clavel
hoy a la Aurora del seno.
¡qué glorioso que está el heno,
porque ha caído sobre él!

De un solo clavel ceñida
la Virgen, aurora bella,
al mundo se lo dio, y ella
quedó cual antes florida;
a la púrpura caída
solo fue el heno fiel.
Caído se le ha un clavel 
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno,
porque ha caído sobre él!

El heno, pues, que fue lino,
a pesar de tantas nieves,
 de ver en sus brazos leves
este rosicler divino,
para su lecho fue lino,
oro para su dosel.

Caído se le ha un clavel
hoy a la Aurora del seno.
¡Qué glorioso que está el heno,
porque ha caído sobre él!



lunes, 21 de diciembre de 2015

Papá Panov

La Navidad  especial de Papá Panov de León Tolstoi

 Era la víspera de Navidad y aunque todavía no era noche, ya las luces  habían comenzado a aparecer en las tiendas y en las casas de una pequeña aldea de Rusia, porque el corto día del invierno estaba casi terminado. Muchos niños emocionados corrían dentro de sus hogares y los sonidos, solo apagados por charlas y risas  que se escuchaban, se escapaban detrás de las persianas cerradas.
El viejo Papa Panov, el zapatero del pueblo, salió de su tienda para echar un último vistazo. Los sonidos alegres, las luces brillantes y los olores suaves pero deliciosos de la cocina navideña le recordaban otras Navidades, cuando su esposa todavía estaba viva y sus hijos era pequeños. Ahora se habían ido. Su rostro generalmente alegre, con las pequeñas arrugas de la sonrisa ocultas detrás de los anteojos redondos de acero, parecía triste. Pero entró de nuevo, con paso firme, cerró los ventanales y puso a calentar una olla  de café en la estufa de carbón. Luego, con un suspiro, se acomodó en su gran sillón.

Papa Panov no solía leer, pero esa noche cogió la vieja Biblia  familiar y, trazando lentamente las líneas con un solo dedo, leyó de nuevo la historia de Navidad. Leyó cómo María y José, cansados por su viaje a Belén, no encontraron lugar para ellos en la posada, de tal forma  que el pequeño bebé de María nació en un establo.
"Oh, querida, oh, Dios mío!" exclamó Papá Panov, "si hubieran venido aquí! Yo les hubiera dado  mi cama y hubiera  cubierto al bebé con mi colcha de retazos para mantenerle caliente."
Siguió leyendo acerca de los sabios que habían venido a ver al Niño Jesús, llevándole espléndidos regalos. La cara de Papá Panov se entristeció. "No tengo ningún regalo para darle”, pensó tristemente.
Entonces su rostro se iluminó. Dejó la Biblia sobre la mesa, se levantó y estiró sus largos brazos hacia la repisa que estaba en lo alto de su pequeña habitación. Bajó una caja pequeña cubierta de polvo  y la abrió. Dentro había un par de diminutos zapatos de cuero. Papá Panov sonrió con satisfacción. Sí, estaban en tan buen estado como  los recordaba, los mejores zapatos que jamás había hecho. “Le debería dar éstos”, decidió, y los guardó con mucho cuidado, y se volvió a sentar.
De pronto se sintió cansado, y cuanto más leía, más sueño le daba. Las líneas le saltaban ante los ojos,  y los cerró, sólo por un momento. En cuestión de segundos,  Papá Panov estaba profundamente dormido.
 Y mientras dormía, soñaba. Soñó que alguien estaba en su habitación y supo inmediatamente,  como ocurre en los sueños, quién era esa persona. Era Jesús. 
“Has estado deseando verme,  Papá Panov”,  dijo Jesús bondadosamente , “Búscame mañana. Será el día de Navidad y yo te visitaré”. Pero observa con cuidado, porque no te diré quién soy."
Cuando por fin despertó Papa Panov, sonaban las campanas y una luz tenue se filtraba a través de las persianas. "¡Bendice mi alma!”, dijo Papa Panov. "Es el día de Navidad!"
Se levantó y se estiró, pues se sentía un poco rígido. Entonces su rostro se llenó de alegría al recordar su sueño. Esta Navidad sería  muy especial, después de todo, ya que Jesús iba a venir a visitarle. ¿Cómo será? ¿Un pequeño bebé, como en la primera Navidad? ¿Será un hombre adulto, un carpintero, o el gran rey que es El, el Hijo de Dios? Papá Panov iba a tener  que estar alerta durante todo el día para poder reconocerle.
 Papa Panov puso a calentar  una olla especial de café para el desayuno de Navidad, abrió las persianas y miró por la ventana. La calle estaba desierta, nadie se había levantado todavía. Nadie, excepto el barrendero. Parecía tan miserable y sucio como siempre. El quería trabajar el día de Navidad. Pero en el crudo invierno  y  con esta niebla amargamente  congeladora de esta mañana?

Papa Panov abrió la puerta de la tienda, dejando entrar una ligera corriente de aire frío. “¡Entra!”,  le gritó  alegremente. "Ven y toma un poco de café caliente para protegerte del frío!"
El barrendero levantó la vista, apenas podía creer lo que escuchaba.  Estaba contento de dejar su escoba y entrar en la habitación caliente. Su ropa vieja emitía   con el calor de la estufa  vapor y  juntó sus manos enrojecidas alrededor de la taza caliente y reconfortante mientras bebía.
Papa Panov lo observó con satisfacción, pero de vez en cuando,  su mirada se desviaba hacia la ventana. No quería perderse a su visitante especial.
"Esperando a alguien?" el barrendero preguntó al fin. Así Papa Panov le habló de su sueño.
"Bueno, espero que venga",  dijo el barrendero, "usted me ha dado un poco de la alegría de la Navidad que no esperaba tener. Yo diría que usted se merece que su sueño se haga realidad." Y el barrendero sonrió.

Cuando se fue el barrendero, Papá Panov se puso a cocinar una sopa de repollo para la cena, y luego se dirigió a la puerta de nuevo, y miró  hacia la calle. No vio a nadie. Pero estaba equivocado. Alguien se acercaba.
Una chica caminaba tan despacio y en silencio, apoyándose en las paredes de las tiendas y casas, antes de que él se fijara en ella. Se veía muy cansada y llevaba algo entre los brazos. Al acercarse pudo ver que era un bebé, envuelto en un chal fino. Había tanta tristeza en el rostro de la chica y en la carita del bebé, que al verlos experimentó un  gran sentimiento de compasión  y les abrió su corazón. 
"No vas a entrar?, la llamó, dando un paso afuera a su encuentro. “Necesitáis descanso y un lugar caliente”.
La joven madre permitió  que la acompañara al interior, a la comodidad de la butaca. Ella se sentó y dio un gran suspiro de alivio.
"Voy a calentar un poco de leche para el bebé", dijo Papá Panov, "He tenido mis propios hijos, lo puedo alimentar por ti”. Tomó la leche de la estufa y cuidadosamente le dio de comer al bebé con una cuchara, calentando sus diminutos pies junto a la estufa, al mismo tiempo.
“ Necesitas zapatos", le dijo el zapatero.
Pero la muchacha respondió: "No puedo pagar los zapatos, no tengo marido que traiga dinero a casa. Voy de camino hacia el pueblo de al lado para conseguir trabajo."
De pronto, un pensamiento cruzó la mente de Papá Panov. Recordó los zapatitos que había mirado anoche. Pero él  los había estado guardando para Jesús. Volvió a mirar los pequeños pies fríos y tomó una decisión.
“Pruebe estos”, dijo, entregándole el bebé y los zapatos a la madre. Los hermosos zapatitos le quedaban  perfectamente. ¡Como hechos a la medida! La chica sonrió feliz y el bebé, como queriendo hablar, gorjeó con  singular placer.

"Usted ha sido muy amable con nosotros", dijo la joven, cuando se levantó con su bebé para irse. "Que todos sus deseos de Navidad se hagan realidad!"
Pero Papá Panov empezaba a preguntarse si sus deseos de Navidad, tan especiales, se harían realidad. Tal vez había perdido a su visitante? Miró ansiosamente hacia arriba y abajo de la calle. Había un montón de gente pero todas las caras eran conocidas. Eran vecinos que iban a visitar a sus familias. Ellos le saludaban con una inclinación de cabeza y le deseaban feliz Navidad! Eran mendigos y Papa Panov  se apresuró a entrar para darles sopa caliente y un generoso trozo de pan, corriendo de nuevo  hacia la calle para no perderse “el extraño importante”.
Cuando Papa Panov  fue a la puerta tuvo que  esforzar la vista,  porque había oscurecido, y ya no podía distinguir a los transeúntes, la mayoría se dirigían a sus hogares. Caminó lentamente de nuevo por su habitación, cerró las persianas, y se sentó con cansancio en su sillón. Por lo tanto, había sido sólo un sueño después de todo. Jesús no había venido.
Entonces, de repente él se dio cuenta que no estaba solo en la habitación.
No era un sueño, él estaba muy despierto. Al principio le parecía ver ante sus ojos desfilar a toda la gente que había visto ese día. Volvió a ver al viejo barrendero, a la joven madre y a su bebé, y a los mendigos que había alimentado. Al pasar, cada uno susurraba, "¿No me ves, Papá Panov?"
"¿Quién eres?" gritó, desconcertado.
Luego, otra voz le respondió. Era la voz de su sueño- la voz de Jesús.
"Tuve hambre y me diste de comer", dijo. "Yo estaba desnudo y me vestiste. Tenía frío y me calentaste. He venido hoy a ti a través de todo el mundo, en todos los que ayudaste y les diste  la bienvenida."
Entonces todo quedó en calma y silencioso. Solo el sonido del  tic-tac del reloj se escuchaba. Una gran paz y felicidad parecían llenar la sala, que desbordaba el corazón de Papa Panov que quería estallar, cantando, riendo y bailando de alegría.
"Así que llegó,  después de todo!”, fue lo único que dijo.


jueves, 10 de diciembre de 2015

Hunca Munca

 Hunca Munca







 Esta es la historia de dos ratones malos, Hunca Munca y Tom Thumb, pero no tan traviesos, después de todo, porque Tom pagó por todo lo que rompió; ya que encontró una moneda de seis peniques bajo la alfombra y en la víspera de Navidad la metió en una de las medias de las muñecas. Y Hunca Munca, cada mañana, muy temprano, viene con su recogedor para el polvo y la escoba para barrer la casa de muñecas.